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En 1845, cuando el misionero austriaco, Padre Caspar Rehrl, llegó a las fronteras de Wisconsin, en una ola de inmigrantes, los niños recibiendo una educación eran pocos y los maestros incompetentes. Padre Rehrl, convencido de que la ayuda de una comunidad religiosa trabajando con él, fortalecería y protegería la fe católica, escribió cartas a conventos europeos buscando ayuda pero sin resultado. Desanimado, decidió fundar su propio grupo de hermanas, nombrándolo por una joven mártir romana, Sta. Inés.
En agosto de 1858 se realizó su sueño con la llegada de tres jóvenes hijas de inmigrantes alemanes. Durante los primeros años, las mujeres enfrentaron tanto la pobreza y los rigores de la vida de la frontera como el desafío de establecer una comunidad. Fue un tremendo esfuerzo sin tener una regla viable, ni modelos religiosos, ni liderazgo eficaz, pues el sacerdote tenía poco tiempo para las hermanas. En 1870, aunque la comunidad estaba creciendo, se encontró al borde de disolución. Si no fuera por el liderazgo de Madre Agnes Hazotte y el apoyo de Padre Francis Haas, el fraile capuchino que dio la regla a la congregación y la guiaba durante los años formativos, la comunidad no habría sobrevivido.
En 1905, cuando murió Madre Agnes, la comunidad extendió al Este hasta Nueva York, y al Oeste hasta Dakota de Norte, y al Sur hasta Texas. Las hermanas proveyeron maestras a cuarenta escuelas parroquiales, una casa de huéspedes para inmigrantes de Alemania, y había fundado su primer hospital y una casa para ancianos. Luego establecería una escuela de enfermería y una universidad. En 1945, aceptaron la primera misión en Waspam, Nicaragua.
A los mediados del siglo veinte, las hermanas experimentaron una tensión entre las reglas medievales bajo las cuales vivieron y el mundo en que oraban y trabajaban. Cuando el Concilio Vaticano II llamó a religiosos a una renovación y adaptación al mundo moderno, las hermanas enfrentaron un profundo dilema. La decisión de las Hermanas de Sta. Inés de responder de todo corazón a la llamada de la Iglesia les llevó a varias décadas de tensión. También les llevó a una nueva vida como hermanas luchando para ser fieles a su herencia mientras descubrieron las maneras de servir a Dios en un mundo roto por la injusticia y pobreza.
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